domingo, 28 de abril de 2013

¿QUIÉN QUIERE VIVIR PARA SIEMPRE?

     En algunas ocasiones, pequeñas películas nos dejan una huella profunda. Hace ya 18 años de "Antes del amanecer" (Before Sunrise), protagonizada casi en exclusiva por Julie Delpy e Ethan Hawks y que fue el origen de una trilogía que se ha ido desarrollando con los años. Posteriormente vendría "Antes del atardecer" (Before Sunset) y recientemente "Antes de la medianoche" (Before Midnight) estrenada en Sundance este mismo año.  

  Si hablamos de "Antes del amanecer", hablamos de una película aparentemente sencilla, rodada como una sucesión de diálogos que al espectador le dan la sensación de transcurrir casi a tiempo real. Como si hubieras colado tu mirada por una rendija en un trozo de vida real de dos chicos veinteañeros desconocidos que se encuentran en un tren y deciden bajarse de él para conocerse e iniciar una historia romántica. La magia del cine quizás tenga que ver con esto. Por muy sencilla que sea una película, si el proceso de identificaciones se pone en marcha puede atraparte. Y en este caso es imposible no identificarte con algún aspecto de ellos ya que tocan  todos los palos universales sobre los que la mayoría de la gente se pregunta, discute, piensa y teoriza: las relaciones entre hombres y mujeres, el sexo, el amor, la vida y la muerte, la rutina, la vida de los otros vista desde el sentirse especial y diferente. 

     La película comienza en un tren con el encuentro casual o casi casual entre dos chicos, norteamericano él, francesa ella, en un viaje desde Budapest, en el que van pero no tienen el mismo punto de llegada. Ella se dirige a París, él debe bajarse en Viena. Hasta aquí el contenido manifiesto del cuento. Pero esto servirá de excusa para que pongan en juego a lo largo de la película su mundo interno. Que es lo realmente interesante. 

     Lo primero que llama la atención es la aparente sencillez del planteamiento a base de diálogos y en principio poca acción. Como en aquella "Historias mínimas" (2002), del argentino Carlos Sorín. Y sin embargo te va atrapando, porque lo realmente importante no es la acción en la pantalla fuera de uno mismo, si no lo que se moviliza dentro de uno en cada escena. Si hay movimiento "dentro", la película está viva. 

    Otro elemento que juega a favor, y sobre el que recae todo el peso es la gran interpretación de ambos protagonistas. Sobre ellos y su mundo interno recae el foco, con apenas algunos mínimos encuentros breves con algunos personajes que les salen al paso. Breves y efímeros. En consonancia con la gran problemática de la película, lo efímero contra lo que perdura. La narración transcurre claramente en dos planos temporales que se sugieren desde el principio, el tiempo que podríamos llamar "real", es decir el “tiempo en su carril”, de lo que se supone que está previsto ser vivido,  lo que en Psicodrama podríamos llamar la "conserva cultural". En el caso de él tomar un avión de vuelta a EEUU y en el de ella llegar a París. Y el “tiempo fuera del carril”, de lo que se supone que no iba a ser vivido, una suerte de tiempo en el que se arriesga, un acto naciente. Desde ese punto de vista no es casual que se conozcan en un tren, como metáfora de la vida que transcurre por una senda prevista, "encarrilada". Con el paso de las escenas se irá viendo que según el tiempo real contamina el tiempo del  acto naciente, crece la angustia. Como dos Romeo y Julieta modernos, que pertenecen a dos mundos diferentes no necesariamente enfrentados pero cuyos contextos les separan. Por tanto hay un tercer personaje que hace las veces de antagonista, que flota sobre ellos, el tiempo real, la realidad que les introduce en el dilema de vivir algo intenso, verdadero, idealizado, pero efímero o introducir al otro/a en su realidad perdurable con las dificultades y esfuerzos que supone y el riesgo de des-idelización, hastío y fracaso. De esta manera adquiere significado la exposición que ven anunciada en un cartel en una farola, en ella se pueden ver figuras de personas casi difuminadas en el contexto. ¿Puede el contexto acabar con la individualidad? ¿Es posible salirse de esos carriles rutinarios que el contexto impone? ¿El ser humano se ve difuminado hasta desaparecer y no ser más que una sombra? Ese diálogo supone un punto de inflexión: es el  primer momento en el que se plantea algo más allá del tiempo presente mágico que están viviendo, el primer momento en el que el futuro se cuela entre ellos, (“qué pena es una exposición que no podremos ver, es la semana que viene”). El futuro, como marca su carril y el tiempo real-antagonista, no les pertenece. Solamente el presente. Especialmente deliciosa es la escena en la que fantasean qué dirán cada uno a sus figuras significativas cuando vuelvan a la realidad, en lo que supone un diálogo en el que apoyados en el otro como yo auxiliar, dramatizan una escena de futuro, a medio camino entre doblarse a sí mismos y el cambio de roles. 

Relacionado con esto, la película plantea lo efímero, lo transitorio como algo que nos hace sentirnos vivos. Pero que produce angustia, y que al final, para combatir dicha angustia, caemos en la tentación de querer retener las experiencias, que pierda su naturaleza de muerte inminente y se queden en nuestra vida. Aun a riesgo de convertirse en monotonía. Todos los personajes que les van saliendo al paso son personajes fugaces, en sus vidas (y en la del espectador). Personajes que aparecen un segundo para rápidamente desaparecer: un mendigo poeta, una lectora de manos que les asalta en un café, una bailarina callejera. Son personajes de lo efímero. Ellos también lo son el uno para el otro, pero han logrado congelar el instante. La analogía se puede establecer con la vida. Un lugar más efímero de lo que creemos, que puede ser vivido como un carril programado o no. Lo efímero en su lucha con lo perdurable, ¿no le da a la vida un sentido, una intensidad, el saber que no será para siempre? ¿Y a la vez no deseamos y fantaseamos que sí lo fuera?

      En ese encuentro libremente elegido por ambos transcurren, poniendo algo de autenticidad. Él que dice estar harto de sí mismo y que se maneja en la vida con cierto cinismo y descreimiento de todo, como un turista en una vida que no debería estar viviendo puede sacar otros personajes internos.  El encuentro le permite ser otro, un otro diferente para ella. Alguien a quien sorprender, con quien poder ser romántico, a quien poderle contar por primera (y previsiblemente única vez) sus vivencias infantiles, lo que piensa sobre la vida o las relaciones. En el fondo se transforman en una idealización, como personajes desconocidos el uno para el otro sobre los que poder proyectar. El tiempo del amor romántico, se basa en eso, en la proyección y el alejamiento de la realidad. Es un momento psicótico casi delirante. En el que se podría decir que a mayor idealización más locura y mayores carencias internas. Porque uno idealiza basándose precisamente en eso, en sus carencias. Con el tiempo dice el chico, acabarías conociéndome y te cansarías de mis anécdotas, de mis maneras de hacer y reaccionar. Es decir que con el conocimiento declinaría la locura romántica. La proyección y la idealización perdería lugar. Desde este punto de la lucha entre la idealización y el amor real, uno podría decir que cualquier amor real será siempre mejor que un amor idealizado. Un amor real que asuma la castración, sus límites, sus carencias, que renuncia a que nos colme en todo y en todo momento. Pero que a la vez para llegar a ser real, necesita esa fase de locura. Es necesario enloquecer un poco para llegar a estar cuerdos (un poco). 

     Me gustaría llamar la atención sobre algunos elementos simbólicos que pueden pasar desapercibidos. El uso que hace el director de las escaleras y los puentes como telón de fondo de algunas escenas. Cosa que se repetirá en la segunda parte también. Las escaleras sirven para unir dos puntos, dos planos diferentes del suelo.  De la misma manera en que ellos se manejan en esos dos planos de idealización romántica y realidad. La lógica de los puentes es la misma, unir dos puntos, dos objetos que están separados, dos personajes con poco tiempo para construir un puente que una los dos planos, los dos mundos separados que son ellos. 

     

 Finalmente como corresponde a una trama que forma parte de una trilogía, las espadas quedan en alto. Un repaso visual a los lugares en los que han estado nos muestra qué diferentes son cuando son decorados del mundo real, a cuando han sido el telón de fondo de ese tiempo fuera del tiempo que han construido fuera del carril. Los lugares aparecen ya, rutinarios, vacíos, sin palabras, carentes de toda magia. Las palabras eran el verdadero puente entre ellos. Como si hubieran vivido un sueño shakespiriano, el sueño de una noche de verano, los ojos se cierran justo en el momento del despertar. 

    




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