
Hacía 2 grados bajo cero. Una mañana especialmente fría.
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En aquel páramo ya no había nadie. Nadie especialmente relevante.
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Solamente una madre y un hijo.
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Dos hombres vinieron a bajarlo, tenía los músculos de los brazos desgarrados.
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Las muñecas abiertas. El viento soplaba.
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La madre se acercó a su hijo y le desclavó las espinas. Un hilo le mantenía
con vida.
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Amorosamente le limpió la sangre. Un hilo le mantenía.
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Cargando el peso sobre su espalda le acercó al abismo. El viento soplaba.
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Allá abajo, un mar de pequeñas cruces. La del pescador. La peluquera. La del minero.
La del conserje. La del pintor. La de la mujer. La del marica.
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Echó un vistazo y vio a su madre. Lo peor había pasado. Las heridas cerrarían.
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El viento escarchaba. Estaba desnudo.
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Su madre le acercó al abismo y vio toda esa ciega desesperación.
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Y miró a su hijo. Y le acarició tiernamente. Y humedeció sus labios.
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Y le besó. Justo un momento antes de matarle. Un puñal que se hunde.
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Un hilo que se corta.
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Ya sólo hace frío. Todavía hace frío. La vida sigue, etc.
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